ÁREA ADULTOS

Son muchos los motivos por los que un adulto puede acudir a la consulta de un psicólogo, normalmente porque presenta una serie de síntomas que no sabe cómo manejar. Los síntomas nos avisan de que algo en la vida del paciente no está bien, por lo que es muy importante atenderlos. Durante la evaluación entenderé cuál es la función que tienen y qué es lo que nos están queriendo decir. Es muy importante saber qué hay debajo del síntoma y entender su origen para poder acceder al núcleo del problema y así resolverlo.

Son muchos los motivos por los que un adulto puede acudir a la consulta de un psicólogo, normalmente porque presenta una serie de síntomas que no sabe cómo manejar. Los síntomas nos avisan de que algo en la vida del paciente no está bien, por lo que es muy importante atenderlos. Durante la evaluación entenderé cuál es la función que tienen y qué es lo que nos están queriendo decir. Es muy importante saber qué hay debajo del síntoma y entender su origen para poder acceder al núcleo del problema y así resolverlo.

LOS PROBLEMAS QUE TRATO EN CONSULTA SON:

TRASTORNOS DE ANSIEDAD

La ansiedad es un recurso que tenemos todos los seres vivos para activar nuestro organismo ante una situación de peligro o ante una situación nueva que requiere de recursos extras para afrontarla. Esta función de la ansiedad es adaptativa. El problema deriva cuando interpretamos situaciones como potencialmente peligrosas o que requieren de más recursos propios de lo que realmente necesitan o incluso cuando esta respuesta de ansiedad se da en ausencia de estímulo.Los psicólogos consideramos que no es necesario acudir a consulta si la persona puede solucionar el problema por sí mismo en un plazo de tiempo razonable. Si no se soluciona, no se debe dejar que el problema se haga crónico porque así será mucho más difícil de solucionar.El tratamiento de la ansiedad pasa por modificar los tres sistemas.

 

 

  • Los pensamientos: ayudando a la persona a controlar los pensamientos que surgen ante las situaciones desagradables, centrándose en el presente, impidiendo los pensamientos que surgen tales como “no tiene solución”, “me va a dar un infarto”, etc.
  • nivel fisiológico: relajando a la persona y ayudándole a controlar sus propios síntomas (aceleración del latido cardíaco, de la respiración, sudoración, temblores…)
  • nivel conductual: controlando las respuestas de evitación de manera que la persona pueda dejar de huir de lo que le provoca ansiedad pero de modo controlado y ayudado y supervisado por un profesional para que la persona se vea capaz de hacerlo.

Desde el EMDR, la ansiedad es un síntoma de un trauma no resuelto, por lo que la resolución de los traumas acaecidos anteriormente será el paso previo básico para la eliminación del problema de ansiedad.

MIEDOS Y FOBIAS

Las fobias son un temor irracional a uno o varios objetos o situaciones específicas que provocan en la persona que las padece una conducta persistente de evitación, es decir, la persona evita el contacto o la cercanía con el objeto o la situación temida.

 

El temor va acompañado de una fuerte ansiedad (que llega incluso al pánico) que la persona sufre cuando se enfrenta a ello, sin embargo, generalmente se dan cuenta de que esas respuestas emocionales son irracionales y exageradas.

 

Hay muchísimas situaciones, objetos o actividades que pueden relacionarse con una enfermedad fóbica, pero se pueden clasificar en tres categorías principales: Fobia Específica, Fobia Social y Agorafobia. Aquí hablaré únicamente de la Fobia Específica.

 

Los niños pueden sufrir fobias o miedos determinados, según su edad, p.ej. miedo a separarse de la madre, a la oscuridad, a los extraños …, que en la mayor parte de los casos evolucionan con normalidad y desaparecen al cabo del tiempo; si no es así, se mantendrán incluso en la edad adulta. En los niños, la ansiedad asociada a la fobia puede presentarse como llanto, “berrinches”, abrazos a los padres e inhibiciones (dejar de hacer cosas que antes hacían).

 

Las fobias más comunes en la edad adulta son: fobia a determinados animales (serpientes, cucarachas…), a situaciones (alturas, aviones…), a características del ambiente (suciedad, tormentas…) y a lugares o situaciones que tengan que ver con la enfermedado la sangre (hospitales, inyecciones…). Aunque, como he dicho, hay muchas otras fobias, que aunque menos comunes, no por ello dejan de ser importantes.

 

 

La fobia se desarrolla porque, en un momento dado, la persona vive (real o imaginariamente) una situación relacionada con ese objeto o situación que le resulta extremadamente desagradable, a partir de ahí, cada vez que se aproxima a una situación u objeto parecido, experimenta las mismas sensaciones desagradables (incluso mayores que la primera vez). La persona intenta evitarlo y sólo lo consigue escapando de la situación o del objeto temido. Cuando esto ocurre, se relaja y se siente mejor, por lo cual, la próxima vez, intentará no enfrentarse, y evitará el contacto para “prevenir” la ansiedad. Entonces (y si la ansiedad que genera es lo suficientemente alta) podremos decir que está instaurada la fobia.

 

Una forma de eliminación de la fobia, desde el EMDR, se basa, como siempre, en el procesamiento del trauma que provocó dicha fobia, y generalmente, si es un trauma simple, la eliminación por esta metodología es fácil y muy rápida.

 

De todas maneras, y para terminar, comentaré que prácticamente todas las personas tienen algún tipo de miedo exagerado a algún objeto o situación. Sin embargo, normalmente no es necesario su tratamiento siempre que no sea incapacitante o le produzca una reacción de ansiedad exagerada que la persona perciba como muy desagradable. Por ejemplo, si una persona en España tuviese miedo a los elefantes, en general no sería un problema importante en su vida diaria, a no ser que trabajase como su cuidador en un zoológico. Pero, si ésta misma persona se fuese a vivir a la India, tendría un grave problema, ya que allí se los encontraría frecuentemente por las calles.

 

Un último comentario es que las fobias son normalmente el problema más fácil de eliminar en psicología y el que tiene un menor tiempo de tratamiento.

DEPRESIÓN

La depresión es un trastorno mental frecuente, que se caracteriza por la presencia de tristeza, pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, trastornos del sueño o del apetito, sensación de cansancio y falta de concentración.

 

La depresión puede llegar a hacerse crónica o recurrente y dificultar sensiblemente el desempeño en el trabajo o la escuela y la capacidad para afrontar la vida diaria. En su forma más grave, puede conducir al suicidio. Si es leve, se puede tratar sin necesidad de medicamentos, pero cuando tiene carácter moderado o grave se pueden necesitar medicamentos y psicoterapia profesional.

 

La depresión es un trastorno que se puede diagnosticar de forma fiable y que puede ser tratado por no especialistas en el ámbito de la atención primaria.

 

Datos y cifras

 

  • La depresión es un trastorno mental frecuente. Se calcula que afecta a más de 300 millones de personas en el mundo.
  • La depresión es la principal causa mundial de discapacidad y contribuye de forma muy importante a la carga mundial general de morbilidad.
  • La depresión afecta más a la mujer que al hombre.
  • En el peor de los casos, la depresión puede llevar al suicidio.
  • Hay tratamientos eficaces para la depresión.

 

Generalidades

 

La depresión es una enfermedad frecuente en todo el mundo, y se calcula que afecta a más de 300  millones de personas. La depresión es distinta de las variaciones habituales del estado de ánimo y de las respuestas emocionales breves a los problemas de la vida cotidiana. Puede convertirse en un problema de salud serio, especialmente cuando es de larga duración e intensidad moderada a grave, y puede causar gran sufrimiento y alterar las actividades laborales, escolares y familiares. En el peor de los casos puede llevar al suicidio.

 

Tipos y síntomas

 

Dependiendo del número y de la intensidad de los síntomas, los episodios depresivos pueden clasificarse como leves, moderados o graves. Las personas con episodios depresivos leves tendrán alguna dificultad para seguir con sus actividades laborales y sociales habituales, aunque probablemente no las suspendan completamente. En cambio, durante un episodio depresivo grave es muy improbable que el paciente pueda mantener sus actividades sociales, laborales o domésticas si no es con grandes limitaciones.

 

Una distinción fundamental es la establecida entre la depresión en personas con y sin antecedentes de episodios maníacos. Ambos tipos de depresión pueden ser crónicos y recidivantes, especialmente cuando no se tratan.

 

 

Trastorno depresivo recurrente: como su nombre indica, se caracteriza por repetidos episodios de depresión. Durante estos episodios, hay estado de ánimo deprimido, pérdida de interés y de la capacidad de disfrutar, y reducción de la energía que produce una disminución de la actividad, todo ello durante un mínimo de dos semanas. Muchas personas con depresión también padecen síntomas de ansiedad, alteraciones del sueño y del apetito, sentimientos de culpa y baja autoestima, dificultades de concentración e incluso síntomas sin explicación médica.

 

 

Trastorno afectivo bipolar: este tipo de depresión consiste característicamente en episodios maníacos y depresivos separados por intervalos con un estado de ánimo normal. Los episodios maníacos cursan con estado de ánimo elevado o irritable, hiperactividad, logorrea, autoestima excesiva y disminución de la necesidad de dormir.

 

Factores contribuyentes y prevención

 

La depresión es el resultado de interacciones complejas entre factores sociales, psicológicos y biológicos. Quienes han pasado por circunstancias vitales adversas (desempleo, duelo, traumas psicológicos) tienen más probabilidades de sufrir depresión. A su vez, la depresión puede generar más estrés y disfunción, y empeorar la situación vital de la persona afectada y, por consiguiente, la propia depresión.

 

Hay relaciones entre la depresión y la salud física; así, por ejemplo, las enfermedades cardiovasculares pueden producir depresión, y viceversa.

 

Desde el EMDR, comprenderé de donde vienen esos síntomas depresivos, qué estaba pasando cuando se originaron y con qué recuerdos o momentos están relacionados. Es importante comprender donde aprendió la persona esas creencias irracionales sobre sí misma que provocan la baja autoestima y el sentimiento de culpa para poder desensibilizarlos y reprocesarlos con EMDR.

TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA

Los trastornos alimentarios, en las diversas expresiones que los distinguen, representan la enfermedad más difundida en la sociedad occidental en las últimas décadas: está presente en el 5% de la población.

 

De hecho, esta psicopatología es un espejo (deformado) de la sociedad en la que aparece. Sin embargo, esto no significa que la cultura, incluso en sus formas más extremas, sea la causa de estas enfermedades, sino sólo que proporciona el marco de referencia dentro del cual situar el trastorno.

 

Parece que un factor crucial en la anorexia/bulimia sea, aunque en el modo opuesto, el control. No es coincidencia que estas enfermedades se desarrollen en la adolescencia, cuando los cambios en el cuerpo son muy fuertes, especialmente en las mujeres. La rebelión en este sentido se manifiesta a través del control sobre el elemento que cae bajo su control: el cuerpo.

 

El tratamiento de los trastornos alimentarios requiere una atención colaborativa y coordinada donde se abordan todos los aspectos y áreas de los trastornos alimentarios: la salud física/peso, la nutrición, la psicoterapia y la rehabilitación social. Los Trastornos de la Conducta Alimentaria son un fenómeno complejo y multidimensional.

 

No puede, por lo tanto, ser dirigido sólo por un punto de vista médico, dietético o psicológico: es necesaria una intervención en todos los aspectos de manera simultánea.

 

 

 

 

En los trastornos alimentarios el individuo experimenta una alterada relación con la comida y una extrema preocupación respecto a las formas corporales. Implica una alteración de la imagen corporal, trastornos afectivos y consecuencias comportamentales.La investigación pone de relieve que este trastorno tiene una significativa base neurobiológica genética y relacional: no es, por lo tanto, un “estilo de vida”.

 

 

 

Tipos de trastornos alimentarios:

  • Anorexia Nerviosa
  • Bulimia nerviosa
  • Trastorno por Atracón (de los cuales el 65% con obesidad mórbida)
  • Trastorno de la Conducta Alimentaria no especificada (de los cuales el 20% sufre obesidad)

 

El trabajo psicoterapéutico prevé la reelaboración de todas esas experiencias dolorosas relacionadas con la historia de vida de la persona y que pueden ser causa de los síntomas de ansiedad. Son numerosos los casos en los que vemos que hay una clara relación entre los TCA y los trastornos de apego. Muchas de estas personas tienen dañada su base segura, no han tenido accesible una figura de seguridad en el momento en que lo necesitaron, aunque no lo recuerden o tengan conciencia de ello. Éstos  son los llamados traumas ocultos (Schuder y Lyons-Ruth, 2004) que se refieren a la incapacidad del cuidador para modular la desregulación emocional.

 

Este tipo de traumas en la infancia les hace aprender unas estrategias de vinculación con otras personas, que reproducen el resto de su vida y que probablemente  no son las más adecuadas, ya que pueden generarle unas creencias sobre sí mismas de miedo al rechazo o de ser distintas al resto que les generen un malestar muy fuerte a nivel emocional y, a falta de otras estrategias, sea a través de la comida la manera (disfuncional) en que han aprendido a regularlo.

 

Algunas de las estrategias que podemos usar con la terapia EMDR es ver cuáles son los disparadores actuales de las conductas y ver qué relación pueden tener con la historia de apego del paciente.

 

Por ejemplo, si la persona se da un atracón o vomita cada vez que tiene una pelea con su pareja, habría que explorar cuáles son las creencias que tiene sobre sí misma en esos momentos y ver dónde las aprendió. En este caso, si la creencia fuese “no merezco ser querida”, ver donde aprendió eso y, de esta manera, podremos ir al foco del problema.

 

Por lo tanto, los TCA no siempre tienen que ver con el rechazo físico directamente, sino también con creencias desarrolladas que pueden tener que ver con el autoconcepto o la autoestima, tales como “no estoy bien como soy” o “no me gusto”, y ya sabemos que esto se desarrolla en la infancia. Si tenemos esto en cuenta, trabajaremos directamente sobre el origen del problema y no solo sobre las conductas presentes que son como “la punta del iceberg”, es decir, lo que se deja ver del problema.

ADICCIONES

Las drogas tienen una notable capacidad de aumentar los niveles de un neurotransmisor denominado dopamina. Precisamente el aumento de dopamina en el cerebro de los adictos es lo que provoca la sensación de euforia, producida, por ejemplo, por la cocaína. Pero la dopamina puede aumentar también con un contacto sexual, un atracón, el placer de comprar por comprar o la conexión a internet. Las personas, una vez adictas a una sustancia o a una conducta, se habitúan a altas concentraciones de dopamina.

 

Los componentes fundamentales de los trastornos adictivos son la pérdida de control y la dependencia. De este modo, las adicciones no pueden limitarse exclusivamente a las conductas generadas por sustancias químicas, como los opiáceos, los ansiolíticos, la nicotina o el alcohol. De hecho, existen hábitos de conducta aparentemente inofensivos que pueden convertirse en adictivos e interferir gravemente en la vida cotidiana de las personas afectadas.

 

 

Cualquier conducta normal placentera tiende a repetirse y es, por ello, susceptible de convertirse en un comportamiento adictivo. Pero esto sólo ocurre cuando el sujeto muestra una pérdida habitual de control al realizar una determinada conducta, continúa con ella a pesar de las consecuencias negativas, manifiesta una dependencia de la misma, no puede quitársela de la cabeza, se muestra desasosegado si no puede llevarla a cabo de inmediato y por último, pierde interés por otro tipo de actividades que antes le resultaban gratificantes. Desde esta perspectiva, lo que diferencia al hábito de la adicción es que esta última tiene efectos contraproducentes para el sujeto.

 

 

Por todo esto, podríamos diferenciar entre adicciones tóxicas (a sustancias) y adicciones no tóxicas (psicológicas y/o sociales, a cosas o comportamientos). Podríamos dividirlas de la siguiente forma:

 

Adicción a sustancias:

  • legales: tabaco, alcohol, ansiolíticos
  • ilegales: cannabis, cocaína, heroína, MDMA, anfetamina, etc.

 

Adicción sin sustancias:

  • Tecnoadicciones: adicción a las nuevas tecnologías
  • Sexo
  • Compras
  • Ejercicio físico
  • Juego
  • Trabajo
  • Comida

 

La semejanza que presentan las adicciones químicas y las adicciones psicológicas es que constituyen una vía de escape no saludable para resolver conflictos y en que presentan una clara pérdida de control y una dependencia. Por el contrario, hay varias diferencias entre ellas; mientras las adicciones tóxicas presentan la dependencia a una sustancia (tabaco, alcohol, cocaína, etc.), en las adicciones psicológicas se desarrolla dependencia a una conducta (juego, compras, trabajo, etc.). En la adicción a sustancias hay más tendencia a presentar politoxicomania, es decir, adicción a varias sustancias mientras que las adicciones psicológicas suelen darse con mayor frecuencia en un contexto de unitoxicomanía. Además, la motivación al tratamiento de las primeras suele ser más baja que en las segundas y por último, mientras que el objetivo terapéutico en las primeras suele ser la abstinencia total, en las adicciones psicológicas, por tratarse de conductas difícilmente insalvables, el objetivo terapéutico suele ser efectuar un uso controlado.

 

Cualquier conducta puede convertirse en patológica en función de:

– Intensidad

– Frecuencia

– Cantidad de dinero invertida

– Grado de interferencia en las relaciones familiares, sociales y laborales de las  personas implicadas.

 

Para finalizar, podemos definir que las adicciones se caracterizan por los siguientes elementos:

– Pérdida de control.

– Pérdida de interés por otras actividades gratificantes.

– Interferencia grave en la vida de la persona (social, familiar, académico-laboral, personal…)

– Dependencia: tolerancia unido a abstinencia.

– Tolerancia: necesidad de realizar con mayor frecuencia la conducta para obtener el efecto deseado (en la adicción a sustancias, se trata de la necesidad de consumir una mayor cantidad de dicha sustancia para obtener los efectos deseados)

– Síndrome  de Abstinencia: síntomas cognitivos y fisiológicos que surgen cuando la persona deja de realizar la conducta (irritabilidad, inquietud, problemas de sueño…) En el caso de la adicción a sustancias, los síntomas fisiológicos son más prominentes al eliminar el consumo de la sustancia.

 

La presencia de exposición al trauma en los sujetos con abuso de sustancias está bien documentada (Peirce et al., 2008). La investigación indica que entre el 22% y el 43% de las personas con TEPT abusan de sustancias, en los veteranos de guerra hasta el 75% (Jacobson et al., 2001).

 

El trauma provoca diversos síntomas como ansiedad, baja autoestima, sensación de no tener el control, flashbacks, evitación, etc. La persona que sufre esta sintomatología busca su alivio a través de la droga, el alcohol u otras adicciones. Para manejar la repetición de los síntomas o del malestar, la persona tiene la necesidad de volver a la adicción. De esta manera se desarrolla el trastorno de adicción, provocando éste más traumas en la vida del sujeto.

Con EMDR se procesarán los sucesos traumáticos que han ocurrido en la vida de la persona desde la infancia a la edad adulta, así como la historia de la adicción (modelos, primera vez, otros sucesos en este periodo, etc.). Se procesarán también los factores disparadores de la conducta de adicción (lo que les lleva a beber, fumar, etc.). También se trabajará sobre los traumas que emergen a medida que mejora la adicción y sobre la sensación de abstinencia.

El objetivo es dirigir la atención hacia objetivos positivos, motivantes, alcanzables y NO hacia el abandono de conductas negativas. El objetivo del tratamiento es funcionar en modo positivo (la abstinencia no es uno de los objetivos aunque es muy aconsejable). Es una terapia completa y compleja.

No trato adicciones graves, sino en el contexto de una terapia interdisciplinar.

OBSESIONES Y COMPULSIONES

Las obsesiones son pensamientos, creencias o ideas recurrentes que dominan el contenido mental de la persona. Persiste no obstante el hecho de que el individuo pudiera creer que no son realistas y que trate de resistirse a ellas. Las compulsiones son actos (ya sea físicos o mentales) que se llevan a cabo de manera repetida, de tal manera que el paciente se da cuenta de que no son apropiados o útiles. Entonces, ¿para qué realizarlos? En gran medida, el objetivo es tratar de neutralizar al pensamiento obsesivo. Observe, entonces, que los pensamientos repetidos pueden en sí mismos constituir compulsiones en ciertas ocasiones, si su propósito es abatir la ansiedad obsesiva.

 

Las compulsiones pueden ser en comparación simples, como repetir o pensar una palabra o frase de protección contra un pensamiento obsesivo. Pero algunas son increíblemente complejas.

 

Casi todos los afectados presentan tanto obsesiones como compulsiones, que suelen desencadenar ansiedad y temor. Y la mayor parte de las personas afectadas las reconoce como irracionales y desea resistirse a ellas. El TOC comprende cuatro patrones sintomáticos principales, cuyas características en ocasiones se sobreponen.

 

• El más frecuente es el temor a la contaminación, que induce a un lavado excesivo de las manos.

• Las dudas (“¿Apagué la estufa?”) obligan a una verificación excesiva: el paciente regresa varias veces para asegurarse de que la estufa está bien y en verdad fría.

• Las obsesiones sin compulsiones constituyen un patrón menos frecuente.

• Las obsesiones y las compulsiones enlentecen el desempeño de algunos enfermos hasta el punto de que puede tomarles horas tan sólo terminar de desayunar o llevar a cabo otras rutinas cotidianas.

 

También son comunes las obsesiones vinculadas con la simetría (poner cosas en un orden específico, contar las cosas) y pensamientos prohibidos (ideas sacrílegas, tabúes sexuales).

El TOC tiene relevancia clínica debido a que suele ser crónico y con frecuencia debilitante.

 

Si bien los síntomas pueden aumentar y disminuir, ponen a la persona en riesgo de permanecer célibes o sufrir discordia marital, e interfieren con el desempeño escolar y laboral.

 

 

La comorbilidad es la regla, y dos terceras partes de los afectados experimentan depresión mayor. Quizá 15% intenta el suicidio.

 

El TOC tiene gran tendencia a ser familiar (el riesgo en parientes de primer grado es de 12%, alrededor de seis veces el normal) y quizá se herede por lo menos en parte. Sin embargo, aún no está clara la forma en que interactúan la genética y el ambiente.

 

 

 

El TOC de manera característica inicia durante la adolescencia (varones) o en los primeros años de la edad adulta (mujeres), pero con frecuencia transcurre una década o más para que las personas afectadas acudan para solicitar atención clínica. Cuando comienza antes de la pubertad, es posible que las compulsiones inicien primero, muchas veces acompañadas de tics y trastornos comórbidos.

 

La terapia cognitivo conductual con prevención de respuesta es el método más eficaz para tratar el TOC, pero del 15 al 40% de los pacientes no responden, no están motivados a seguir el tratamiento, abandonan o tienen problemas para regular sus emociones. El tratamiento de exposición es vivido como muy estresante y duro por muchos pacientes, llevando al abandono de la terapia y la pérdida de motivación (Pinto et al. 2007; Vogel et al. 2006). El 50% de los pacientes con TOC resistentes a la terapia cognitivo-conductual han sido víctimas de traumatización (Cromer et al. 2007). Por ello, desde el abordaje EMDR se tratarán los eventos traumáticos que han contribuido a la sintomatología actual y que siguen afectando a día de hoy en estas personas que no responden a otros métodos psicoterapéuticos.

TRASTORNOS DE LA PERSONALIDAD

La personalidad se va conformando a lo largo de la vida y se ve reflejada en el autoconcepto del individuo y en la relación que éste mantiene con los demás.

 

“De acuerdo con la investigación y los hallazgos clínicos, se espera que un trastorno de personalidad tenga un impacto serio en la mayor parte de las esferas de la vida de una persona, incluyendo el comportamiento en el trabajo, en la escuela, en la interacción con compañeros y familia, y en el funcionamiento cognitivo y emocional, que se refleja en su sentido de sí mismo y de otros y en su relación con la realidad en general”.

 

Una persona con trastorno de la personalidad presentará unos esquemas cognitivos que no permitirán una relación normalizada con los demás ni un autoconcepto adecuado.

 

Se considera que existe un trastorno de personalidad cuando la forma de percibirse de uno mismo, de relacionarse con los demás y de pensar acerca de las diferentes situaciones que surgen en su vida causan un deterioro relevante en su calidad de vida.

 

En general, se puede decir que la “forma de ser” limita las posibilidades de desarrollo de la persona y su manera de relacionarse con los demás. Para pensar en un TP estos “rasgos” deben de ser de larga duración (años), intensos, inflexibles y producir un malestar y sufrimiento en la vida de las personas que los poseen (y/o en algunos casos, en las de las personas que les rodean).

 

Cada vez se acepta más que los TP son variaciones acentuadas de una personalidad “normal”.

 

Las dificultades que experimentan las personas con TP suelen haberse iniciado a edades tempranas y por lo general se han convertido en una “parte de ellos”, manifestándose a lo largo del tiempo y en numerosas ocasiones.

 

En la raíz de estos trastornos se encuentra un alto porcentaje de antecedentes traumáticos o problemas de apego.

 

Tener en cuenta estos factores tiene una gran relevancia en el abordaje de los pacientes con trastornos de personalidad, ya que ha llevado en los últimos años al empleo de novedosos tratamientos orientados al trauma como EMDR (emdr-es.org) y a la comprensión de estos cuadros desde el paradigma más amplio de la traumatización compleja y la disociación.

 

Pero la causa de los trastornos de personalidad no siempre es traumática. Algunos autores han subrayado la importancia de los rasgos genéticos de la personalidad (Siever, Torgersen, et al, 2002) y su papel como factores de riesgo o protectores respecto a la sensibilidad al contexto (Steele & Siever, 2010).

 

Sin embargo, la prevalencia de eventos traumatizantes parece ser alta, más que en otros trastornos mentales (Zanarini, 2000; Zanarini, Yong, Frankenburg et al, 2002), lo que hace que en estos cuadros no podamos ignorar estos factores.

 

El estudio de factores aislados es importante para comprender el papel de distintos aspectos en el desarrollo de un trastorno. Pero se necesitan teorías más explicativas para incluir estos factores aislados en un marco global porque en muchos de los casos no solo tenemos que atender la problemática asociada al diagnóstico principal de Trastorno de la Personalidad, también es necesario detectar y tratar los trastornos comórbidos como las adicciones, los trastornos disociativos y alimentarios entre otros; existe una alta comorbilidad entre diferentes trastornos.

 

Aunque el estudio del trauma y de esta compleja relación-interacción se ha convertido en uno de los principales objetivos de nuestro trabajo, pensamos que el tratamiento de estos pacientes ha de tener en cuenta muchos elementos que se enlazan en una red de interacciones. Por ejemplo, el contexto familiar ha de ser entendido y abordado de modo específico en la mayoría de los pacientes, y la terapia familiar y de pareja ha de estar incluida en un plan de tratamiento global. El tratamiento farmacológico también es relevante, y el psiquiatra y los distintos terapeutas han de mantener una relación fluida y dinámica para conseguir una relación favorable. Hay muchos aspectos generales que han de ser tenidos en cuenta, independiente de la orientación desde la que se trabaje, como son las marcadas dificultades en la relación terapéutica que se suelen presentar en estos casos.

 

Clasificación de los trastornos de personalidad: 

 

  • Cluster A: Excéntricos extraños (paranoide, esquizoide y esquizotípico).
  • Cluster B: Dramáticos y erráticos (antisocial, Limite, histriónico y narcisista).
  • Cluster C: Ansiosos inhibidos (evitativo, dependiente y obsesivo).

EXPERIENCIAS TRAUMÁTICAS

Muchas de las dificultades que podamos tener en el presente pueden estar relacionadas con cómo hemos procesado distintas experiencias traumáticas en el pasado. El concepto de experiencia traumática debe ser entendido desde un punto de vista personal, es decir, es evidente que aquellas situaciones relacionadas con accidentes o muertes inesperadas de personas cercanas son traumáticas, pero también puede ser traumático para un adolescente una ruptura sentimental o para un niño separarse de sus padres.

Etimológicamente la palabra “trauma” significa “herida”, en este sentido cuando hablamos de experiencias traumáticas hablamos de experiencias que han dejado una herida en la persona.

 

Las principales experiencias traumáticas que se ven en consulta pueden ser: fuertes discusiones familiares, abusos, maltratos, muertes inesperadas, separaciones familiares, bullying, mobbing, accidentes, abortos, hospitalizaciones prolongadas, diagnósticos de enfermedades, adopciones, etc.

La forma en la que procesamos una situación va a marcar que esta situación quede procesada como traumática o no. Esta forma de procesar las distintas situaciones vendrá determinada por la intensidad de la situación y por nuestra capacidad mental para afrontarla. En este sentido es evidente que en la infancia, al tener nuestras capacidades mentales aún en desarrollo, tendremos más situaciones que nos hayan podido crear “herida” que en edad adulta, teniendo que ser en edad adulta más intensa la situación para que quede procesada como traumática.

 

Para  hacer frente a estas situaciones que han quedado procesadas en nuestro cerebro como traumáticas dando lugar a la problemática presente, tendremos que reprocesarlas para que pierda su carga perturbadora y deje de estar asociada a pensamientos negativos sobre uno mismo (“no soy válido”, “no soy capaz”, “no soy querible”, “soy culpable, etc.”). Reprocesar estas experiencias traumáticas no significa olvidarlas, sino dejarlas en el pasado y ser capaces de recordarlas sin que nos evoquen emociones ni pensamientos negativos sobre uno mismo en el presente.

El abordaje EMDR es un abordaje psicológico ideal para el tratamiento de estas experiencias traumáticas.

TRASTORNOS DISOCIATIVOS

La disociación implica una desconexión entre la mente de una persona y la realidad del momento presente. Esa realidad puede ser externa a la mente, con respecto al mundo que nos rodea; o interna, y entonces la persona se desconecta de su propia actividad mental. Esta desconexión es una estrategia que la mente utiliza para enfrentarse a momentos de gran estrés, también denominados momentos o situaciones vitales traumáticas. Estos momentos combinan una sensación de indefensión junto a una respuesta emocional negativa intensa. Estímulos, internos o externos, asociados a ese evento traumático pueden desencadenar la disociación. La disociación protege a la mente de la sobrecarga que suponen esos eventos y sus recuerdos, pero impiden a la mente procesarlos e integrarlos y, además, puede convertirse en la principal respuesta de la mente al estrés.

 

 

Esta disociación puede experimentarse ocasionalmente y ser transitoria, por lo que no representaría un problema más allá del momento en que se presenta y siempre dependiendo de la intensidad de la misma. Sin embargo, cuando se experimenta de forma prolongada, especialmente durante la infancia y la adolescencia, se puede crear un patrón de respuesta al estrés rígido y crónico que dificulta intensamente la adaptación familiar, social y laboral de quien lo padece. Cuando una persona presenta esta desconexión, episódica o sostenida, de forma crónica se dice que presenta un Trastorno Disociativo.

 

La disociación es un fenómeno muy amplio y las personas pueden sufrir distintos síntomas, o trastornos disociativos. Estos serían los más frecuentes:

 

  • Desrealización: Percibir el mundo y las personas que nos rodean de forma irreal. Esta percepción puede afectar o a todo lo que nos rodea o sólo a algunos aspectos de la realidad. La realidad se vuelve extraña.
  • Despersonalización: La persona se siente desconectada de su cuerpo y/o sus emociones. Su cuerpo y sus emociones se vuelven extrañas, ajenas y distantes. En ocasiones la mente se vuelve un observador pasivo del cuerpo, incluso puede visualizarlo desde fuera, en otras ocasiones los límites corporales y personales parecen difuminarse con respecto a los demás.
  • Amnesia Disociativa: La persona no recuerda periodos de su vida, o información relevante sobre sí misma.
  • Fuga Disociativa: Durante un periodo de tiempo, de mayor o menor duración, pero limitado, la persona olvida su identidad. Esto conlleva en ocasiones que la persona vague sin un rumbo determinado, y en otras que asuma una identidad diferente, más o menos estructurada.
  • Alteración en la identidad: La identidad de la persona cambia ante diferentes estímulos. La identidad está dividida en “partes” más o menos estructuradas. Estas “partes” presentan una conducta y una forma de relacionarse con los demás diferente y propia de cada una. Puede existir una “parte” principal que presenta un mayor o menor grado de amnesia y desconexión de la actividad de las otras “partes”.

 

Estos síntomas o trastornos disociativos no son excluyentes, y una persona puede sufrir varios a lo largo de su vida. Hay que recordar que las distintas sociedades y culturas pueden dar distintas explicaciones a estos síntomas o trastornos, empeorándolos o atenuándolos. También es importante recordar que estos síntomas o trastornos pueden aparecer de forma independiente o englobados en otros trastornos, como el Trastorno de Estrés Postraumático, el Trastorno Límite de la Personalidad o el Trastorno de Pánico.